Más allá de la clara diferencia de color, los morrones se comportan de manera muy distinta en la cocina y elegir bien puede cambiar bastante el resultado final de un plato.
Lo que principalmente los diferencia está en el grado de madurez: todos parten del verde y, a medida que avanzan en su desarrollo, acumulan azúcares, bajan su amargor y modifican su estructura celular. Eso explica por qué no todos reaccionan igual al calor ni funcionan del mismo modo en crudo.
El morrón verde es el menos maduro y también el más firme. Tiene paredes celulares más rígidas, mayor presencia de compuestos fenólicos y menos azúcares, lo que significa un sabor más vegetal y levemente amargo.
Esa intensidad lo vuelve muy bueno para preparaciones donde el pimiento no tiene que dominar sino aportar fondo: salteados rápidos, rellenos, tortillas, woks o bases de guisos y salsas largas, donde el calor sostenido suaviza su carácter. También resiste mejor cocciones prolongadas sin desarmarse ni volverse dulzón.
Cuando el morrón madura y pasa al rojo, la lógica se invierte. Aumenta notablemente su contenido de azúcares y carotenoides, baja la clorofila y la pulpa se vuelve más tierna y jugosa. Por eso el morrón rojo brilla en recetas donde se busca dulzor natural y profundidad: asados al horno, confitados, salsas, cremas, o simplemente crudo en ensaladas. Al cocinarse, carameliza con facilidad y aporta cuerpo y color sin necesidad de correcciones extras.
Los morrones amarillos y naranjas quedan en un punto intermedio y suelen ser los más versátiles. Tienen dulzor moderado, acidez más equilibrada y una textura algo más suave que el verde, pero más firme que el rojo.
Funcionan muy bien en preparaciones donde se busca frescura sin exceso de azúcar: ensaladas tibias, salteados más cortos, arroces, pescados o platos donde acompaña sin robar protagonismo. Además, su perfil aromático más liviano los hace ideales para combinaciones con hierbas frescas o cocciones delicadas.



